Internet y las redes sociales han propiciado una burbuja, una cámara de silencio, por medio de la cual algoritmo a algoritmo nos llega información a nuestro teléfono o PC que no nos produce disonancia, no nos genera malestar en nuestro bagaje de creencias e ideología.

Google, Facebook o Twitter, entre otros, nos devuelven la imagen del mundo que queremos ver. Entran en juego las pasiones y no la razón, siendo caldo de cultivo para la posverdad, que hace referencia a aquellas ocasiones en las que se crea opinión sin tener en cuenta los hechos objetivos, basándose en emociones.

Así la subjetividad emocional se impone a la objetividad racional. Y muchas posverdades concatenadas generan una noticia deseada completamente emancipada de la realidad. Esto produce una sociedad alienada, masificada, que responde a impulsos pasionales y no contrapone la realidad efectiva.

En medio de la vorágine por el accionar asesino de Chocobar, Infobae en su versión web queriendo hacer humor (vamos a dar el beneficio de la duda) generó una fake news (noticia falsa) con un título que, utilizando el entrecomillado textual, expresa: “Este país necesita más personas que apuñalan turistas y menos policías como Chocobar”. Y acompaña la nota la foto del ex juez de la Corte Suprema, Eugenio Zaffaroni. En minutos esto se viralizó. Google la filtraba como “noticia” y era una de las primeras que aparecía en el buscador y algunos medios la levantaron como real.

El hilo fino, finísimo, del humor se termina con la irresponsabilidad social de un medio de comunicación. O con el interés velado de viralizar algo que, disfrazado de chiste, se sabe genera malestar en un sector de la sociedad. Una mentira, una estafa a la buena fe que se echa a rodar.

Esa burbuja, ese microclima de las redes sociales, potencia esto. El lector desprevenido que ve a Zaffaroni como la encarnación del demonio garantista que permite que los delincuentes usen una puerta giratoria no hará el mínimo esfuerzo en contraponer la realidad al chiste de Infobae. Y eso no es broma.

El fino sentido del humor se transforma en grosera irresponsabilidad o sumo interés en seguir echando leña al fuego al electorado que aplaude que Macri reciba a Chocobar y reclama pena de muerte. Más si se tiene en cuenta que en estos días el gobierno de la Alianza Cambiemos busca que remuevan a Zaffaroni de su lugar en la Corte Interamericana de Derechos Humanos.

La digitalización de los intercambios sociales lleva a que los sujetos se aíslen y se comuniquen con quienes ya piensan como ellos. De esta manera comparten sus creencias sin importar si la noticia que difunden es falsa o verdadera.

Las redes sociales son la fase posterior al fin de la Historia que en los ’90 predijo Francis Fukuyama. Son el tiro de gracia al fin de las ideas, al hombre moderno que pensaba y luego existía. Ahora es interpreto y luego existo.

En la posmodernidad digital no hay nada fuera del discurso. No hay principios últimos y la realidad se caracteriza por la fragmentación donde no hay hechos, solo interpretaciones de los hechos. En la sociedad actual la historia deviene del lenguaje y ésta es una cadena de simulaciones e interpretaciones. Como dice Jean Baudrillard: “el simulacro es lo verdadero”.

En los compartimentos estancos de Internet, las redes sociales y la posverdad no se conoce lo que no es. No se refutan las emociones. Conociendo lo que no es, estar cada vez más cerca de aquello que sí es. La objetividad descansa en la crítica racional de nuestras pasiones.

Por: José Ignacio Otegui / @jiotegi