Hace unos días Rafael Correa analizó la situación de los movimientos nacionales y populares en Sudamérica. El ex presidente de Ecuador remarca una falencia que fue, vaya paradoja, consecuencia de las políticas progresistas, como el crecimiento de la clase media la cual fue esquiva a esos movimientos en las urnas y hasta apoyaron procesos desestabilizadores.

Correa sostiene en la nota Desafíos de la izquierda en América Latina publicada por Le Monde Diplomatique de febrero y el portal Nodal que “probablemente la izquierda es también víctima de su propio éxito”, refiriéndose al logro que, según la CEPAL, permitió que en Sudamérica casi 94 millones de personas salieran de la pobreza y se incorporaran a la clase media desde 2000 a 2014.

“Tenemos personas que superaron la pobreza y que ahora –por lo que se llama muchas veces prosperidad objetiva y pobreza subjetiva- pese a que han mejorado muchísimo su nivel de ingreso, piden mucho más, y se sienten pobres no en referencia a lo que tienen, peor aún a lo que tenían, sino a lo que aspiran”, explica el referente ecuatoriano.

En los doce años de Néstor y Cristina a la par del crecimiento político y económico se gestó una batalla cultural que ha quedado trunca, lo que no significa que haya derrota. Se perdió una pelea en 2015, pero sirvió para identificar aún más al rival y conocer sus capacidades, por lo que fue necesario generar otras herramientas de construcción popular.

Ante esto, el ex mandatario sostiene que hay que tener en cuenta que esa clase media favorecida pero enojada y esquiva necesita “un nuevo discurso y mensaje”, porque “sus demandas no son solamente diferentes, sino incluso antagónicas a las de los pobres, y sucumben más fácilmente a los cantos de sirena de la derecha y su prensa, que les ofrece para todos un estilo de vida a lo New York”.

La máscara de Chocobar

Esta interpretación de Correa corrobora la hipótesis del experimento social de la prisión de Stanford, en EE.UU. y que recrea la película alemana Das experiment. En 1971, el psicólogo Philip Zimbardo trató de demostrar en la Universidad de Stanford, EE.UU., que los guardias y los presos carcelarios tienden a caer en roles predefinidos, comportándose de la manera que ellos creen que deben hacerlo, en lugar de utilizar su propio juicio y valores morales.

El estudio quería mostrar la deshumanización y el desmoronamiento de los valores sociales y morales que podía sucederles a los guardias inmersos en esa situación. “Si te pones una máscara el tiempo suficiente, pierdes la identidad y te conviertes en la máscara”, expresó el investigador.

Zimbardo nunca imaginó que un experimento realizado en el sótano de una prestigiosa universidad tuviera que ser interrumpido a los pocos días para poner freno a la tremenda crueldad con la que algunos de los estudiantes (que adoptaron el papel de carceleros) estaban tratando a sus compañeros.

En nuestra sociedad esto se verifica con el apoyo que un sector brinda al gatillo fácil, poniéndose en verdugos de quienes ellos consideran inferiores en el escalafón. Es el mismo sector social que, sin ser parte de la élite oligarca, toma como propios sus problemas, como ocurrió en 2008 con el conflicto con la patronal rural o con las críticas a las manifestaciones populares contra el gobierno actual.

Tomando las palabras de Zimbardo, gran parte de la clase media tiene una máscara por la cual pretenden ser parte de un grupo social, por tanto, adoptan las modalidades y reclamos de ese grupo, sin pertenecer, negando asimismo su propia naturaleza de clase. Esto es producto de la cultura hegemónica construida por los medios de comunicación que, en el sentido gramsciano, logra que los deseos de las grandes mayorías sean funcionales a los intereses de las élites.

Desde abajo y con andamios

Cuando Cristina manifestó que la Patria es el Otro como síntesis de un proyecto político, de un modelo de país, también sostuvo como se construye unidad contraponiéndose en la batalla cultural a la alienación del individualismo neoliberal.

Remarcar les otres como personificación de la identidad del país indica la necesidad de enfatizar en la alteridad, en la interacción empática y solidaria con todos y todas para construir un país. En esa expresión se toma el concepto de andamiaje, utilizado en la educación a partir de la metáfora que el pedagogo ruso Lev Vigotsky plasmó en su teoría general del aprendizaje.

Según este postulado, en el aprendizaje hay dos niveles: el actual, lo que se sabe, y el potencial, lo que se puede llegar a saber, y este aprendizaje es eficaz cuando se desarrolla en la interacción con pares, en la puesta en común de aprendizajes. Los andamios son cada uno de los partícipes del proceso. Esto mismo se puede trasladar a la sociedad. Recordemos lo que propuso Cristina el 13 de abril de 2016 en su discurso frente a Comodoro Py: construir un frente a partir entre la ciudadanía a partir de un denominador común. Ese denominador común lo determina el perjuicio particular que generan las políticas de ajuste de la Alianza Cambiemos a cada integrante del Pueblo.

Esa empatía que genera la interacción entre pares perjudicados por el neoliberalismo es el andamiaje sobre el cual se debe construir, desde abajo, donde está la verdad, la unidad frente al embate del poder concentrado. Es un trabajo arduo y constante, el Sol cocina lento.

Por: José Ignacio Otegui / @jiotegi