“Convertir cualquier anécdota en amenaza grave”. Así resumía Joseph Goebbels uno de los once principios de la propaganda, el de la desfiguración, quizás el principio favorito de Jaime Durán Barba y los medios de comunicación que controla el oficialismo.

Esto se puede corroborar en los últimos días, más allá que es una práctica que ejercen cotidianamente desde que asumieron. El arresto de los hermanos Salomon acusados de pertenecer a Hezbollah por tener armas viejas de caza en su hogar; las amenazas falsas de bomba que llevaron a la paranoia de hacer explotar sábanas; pollos y televisores, el entramado novelesco para asociar a barras de All Boys con reivindicaciones islámicas luego de que se enfrentaran con la Policía de la Ciudad; etcétera.

La llegada del G-20 y su operativo de seguridad mayúsculo sirvieron para potenciar esa supuesta amenaza terrorista que, principalmente desde la desaparición de Santiago Maldonado, inocula en la sociedad el aparato manipulador oficial buscando instalar el miedo que inmovilice a la sociedad.

Pero Goebbels no inventó esto. Siglos antes Maquiavelo definió las dos grandes formas de dominación: La fuerza y la astucia. Maquiavelo destacó la importancia de la astucia para obtener el consentimiento de los dominados para que, cuando esta no fuera suficiente, recurrir al uso de la fuerza.

El valor estratégico de la astucia como herramienta de dominación es valerse de la manipulación de los individuos para crear en ellos una disposición que facilite la consecución de determinados fines. Esta manipulación puede llevarse a cabo de diferentes maneras al utilizar mecanismos que Maquiavelo identificó con el amor y el miedo, aunque se manifestó más partidario de utilizar el miedo antes que el amor.

El miedo es uno de los elementos constitutivos más poderosos de las relaciones sociales y de los procesos de producción de subjetividades. Se constituye en un operador de los territorios del poder para el control y la contención de la sociedad.

El miedo inmoviliza y desarticula toda resistencia colectiva, refuerza el orden establecido y el autoritarismo. Y en el mundo post 11-S el miedo se canaliza a través del terrorismo y de cualquier factor asociado, como la inmigración, las minorías, la religión o la etnia.

El terrorismo tiene una enorme ventaja: Es amorfo, polifacético. No puede identificarse con un determinado colectivo y a la vez puede asociarse con todos. No tiene bandera pero si simbolismos muy arraigados que permiten generar imágenes distorsionadas o ideas-fuerza para generar una amenaza terrorista desde una anécdota o una operación de inteligencia estatal.

Ejemplo tragicómico es Patricia Bullrich y su identificación de la Resistencia Ancestral Mapuche (RAM) como un mix de sectores anarquistas, elementos trotskistas, corrientes kirchneristas, manifestantes revolucionarios, integrantes del IRA y de ETA, organismos de derechos humanos, sindicatos combativos y organizaciones sociales. Y ahora le sumó la amenaza de un supuesto fundamentalismo islámico por medio de un grupo que reivindica un Estado libre para Palestina.

El objetivo del uso de supuestas acciones terroristas es el desarrollo aceptado y hasta reclamado por la sociedad de un estado de excepción ilimitado que cuestiona abiertamente la vigencia de los derechos humanos y sociales, criminalizando la resistencia social pacífica aprovechando la coyuntura surgida del miedo provocado.

Cuando el miedo cercena la racionalidad de la sociedad, el gobierno recibe un cheque en blanco firmado a favor de sus políticas. Políticas que a su vez generan malestar en una ciudadanía dividida entre quienes aceptan la dura realidad debido al miedo generado y quienes protestan son criminalizados y estigmatizados también por ese mismo miedo.

Para esto hay que romper con el aislamiento informativo y poner en evidencia estas operaciones. Es un trabajo constante. Al miedo se lo combate con la realidad y el razonamiento. Por más bombas de aquí para allá, puede ser, es irreal.

Por Nacho Otegui